La tristeza, así: desoladora, fría y tambaleante como gelatina era el personaje principal de este mi nuevo encuentro con la muerte que se reveló ante mí en estado de perpetuidad.
Hay que reconocer que el lugar diluye y hace casi imperceptible lo grotesco del escarnio que hace la muerte de nuestra condición efímera. A medio día, con mucha luz y un calor reconfortante los edificios de mármol y las alfombras rojas se levantan como homenajes elegantes de los que ahí callan...
Nadie sabe lo que duele en realidad... ni siquiera quieren imaginarlo... no pueden. Comprendo sus miradas compasivas de corta estancia, las frases espirituales y conformistas, incluso las "lógicas" y optimistas que llegan a molestarme, pues en realidad cuando se habla es porque NO se sabe muy a ciencia cierta lo que en verdad se siente, o porque se cree ciegamente en el cielo. Ambas legítimas formas de apoyar: desde la fé y desde la ignorancia.
Desafortunadamente detrás de mi cara que intenta agradecer los comentarios hay una premonición y na nota mental que dicta "cuando estés del otro lado, recuerda no decir esto"...
La muerte es silenciosa desde todas sus dimensiones. No habla, no dice nada y no hay nada qué decirle.
Entre esos pensamientos revueltos con mis mejores recuerdos de la infancia, frente a mí, encima de la cabeza de un ángel de piedra que "vigila" el lugar, se posó un ave azul...
No sabía que existían.
Era bellísima.
A Bos le gustaban mucho las aves. Solía decir que en ellas regresaban las almas a ver a sus seres queridos. Creo que era él.
Si Bos hubiese sido un ave, creo que sería azul.
Así casi de fantasía.
La vida esta ahí para mí. Pronto volveré.
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